Literatura noruega

Historia y actualidad de la literatura noruega

Hace casi cien años, el historiador noruego de literatura Harald Beyer dijo que la literatura noruega posee dos períodos de florecimiento. El primero, que corresponde a la época de las expediciones vikingas y que se prolonga hasta la monarquía del Siglo XIII y el segundo, que se produce en el Siglo XIX. Aunque fue dicho hace mucho tiempo, sigue siendo bastante correcto, pero con un importante añadido: la segunda parte del Siglo XX y los primeros veinte años de este siglo ofrecen en Noruega una literatura excepcionalmente rica y variada, en la que por fin están presentes muchas mujeres y en la que hay una creciente participación de las gentes que en el último medio siglo han llegado desde países lejanos para echar raíces en Noruega, enriqueciendo la cultura local.

Empecemos por la primerísima época, en la que la literatura escrita procede tanto de Islandia como de Noruega, una literatura que, desde mediados del Siglo XIX, suele denominarse literatura norrøn, pero no «nórdica» ni «noruego-islandesa». De esa primera época provienen las sagas, escritas entre 1150 y 1300, que son relatos épicos sobre los héroes vikingos, ocurridos en su mayor parte entre los Siglos IX y XI. Se consideran las primeras «novelas» de la literatura antigua nórdica. Las sagas se caracterizan por una tradición épica y realista que en muchos sentidos ha sido continuada en Noruega hasta nuestros días. Y no sólo han dejado huella en Noruega. Escritores occidentales contemporáneos como Ernest Hemingway y Jorge Luis Borges confesaron su admiración por las sagas y su deuda con ellas; de Borges se dice incluso que aprendió islandés con el fin de leer las sagas en versión original. El otro género de esa misma época son las Eddas, divididas en tres clases: los poemas de los dioses, los poemas heroicos y los poemas de sabiduría. Su versión escrita data del Siglo XIII.

La época en la que Noruega estuvo bajo dominio danés, desde el Siglo XIV hasta 1814, se considera una época oscura para la literatura escrita noruega, aunque haya ciertas excepciones como por ejemplo el dramaturgo, ensayista y poeta Ludvig Holberg (1684-1754), destacado representante de la Ilustración (aunque considerado danés por los daneses, porque fue en Dinamarca donde pasó toda su vida adulta).

Los noruegos fueron durante siglos y siglos modestos agricultores y pescadores. Había poca urbanidad y la llamada «clase culta» era muy reducida. La «alta» cultura y el refinamiento había que buscarlos en el extranjero, sobre todo en Dinamarca. En Noruega no hubo ninguna universidad hasta la creación de la de Oslo (entonces llamada Christiania) en 1811. Sin embargo, aunque no abundara la literatura escrita, hubo una vivísima tradición oral que se manifestó sobre todo en los cuentos populares, que fueron recopilados y publicados en 1841 por los señores Asbjørnsen y Moe, durante el periodo del llamado Romanticismo Nacional. Estos cuentos gozan todavía de muy buena salud y siguen saliendo en nuevas ediciones.

De la misma manera en que en Noruega nunca hubo muchos grandes latifundios ni una amplia clase «alta», tampoco ha habido nunca mucha distancia entre la literatura y el pueblo; la mayor parte de la extensísima literatura local ha sido escrita por y para la gente de a pie. Hay un dato curioso que cabe mencionar en este contexto y es que, a mediados del Siglo XIX, cuando muchos noruegos aún pasaban hambre y muchos, muchísimos, no vieron otra salida que emigrar a los Estados Unidos, el analfabetismo estaba ya prácticamente erradicado. La gente era muy pobre, pero sabía leer, probablemente porque los pastores de la iglesia exigían que los jóvenes que se iban a confirmar supieran leer. En todas las casas, por modestas que fueran, había una Biblia, que los protestantes estaban obligados a leer sin mediación de pastores u otros asesores espirituales. La Biblia era un tesoro familiar que pasaba de generación en generación y en la que el pater familias inscribía a los hijos que iban llegando. Para muchos noruegos, la Biblia fue durante varios siglos la única fuente de literatura escrita. Aunque, por otra parte, contaban con los cuentos y canciones de transmisión oral.

 

«De la misma manera en que en Noruega nunca hubo muchos grandes latifundios ni una amplia clase “alta”, tampoco ha habido nunca mucha distancia entre la literatura y el pueblo; la mayor parte de la extensísima literatura local ha sido escrita por y para la gente de a pie»

 

No se puede hablar de la literatura noruega sin mencionar algunas peculiaridades de su lengua, que en realidad son tres. Durante la época de la unión con los daneses, el danés era la lengua escrita que se hablaba en las ciudades, mientras que en el campo se hablaban dialectos procedentes del noruego antiguo; el Romanticismo también trajo consigo un fuerte deseo de encontrar y usar «la verdadera lengua», y el poeta Ivar Aasen (1813-1896) realizó una gran labor recogiendo de pueblo en pueblo los diversos dialectos, sobre los que se basó para crear el landsmål, palabra que puede significar tanto «la lengua del país» como «la lengua del campo». Desde 1929 estas dos lenguas son oficiales en Noruega: el bokmål («la lengua del libro») y el landsmål, que luego se llamaría nynorsk («neonoruego»), lo cual en realidad es una contradicción, puesto que el nynorsk es la lengua basada en los dialectos y el antiguo noruego. Hoy en día las dos lenguas, cada vez más parecidas entre ellas y comprensibles para ambas partes, conviven bastante pacíficamente. La tercera lengua del país, mucho más minoritaria, es el sami.

 

EL SIGLO XIX

A principios del Siglo XIX empieza a reforzarse e independizarse la cultura noruega. Aunque a partir de 1814 el país pasa a ser parte de Suecia, Noruega crea su propio parlamento y su propia Constitución, hasta que en 1905 por fin se convierte en una monarquía independiente, con un rey de origen danés elegido por referéndum. Muchas cosas importantes sucedieron durante el Siglo XIX, entre otras el nacimiento de la gran literatura noruega moderna, ya acorde con las tendencias en el resto del mundo. Primero llegó el Romanticismo Nacional, iniciado por el poeta, dramaturgo y humanista Henrik Wergeland (1808-1846). Este movimiento tuvo gran importancia en Noruega, donde  a partir de mediados del Siglo XIX, floreció tanto en la pintura como en la literatura y la música, movido por un ardiente deseo de destacar la belleza de lo noruego, de sus gentes, sus cuentos, su naturaleza y su folclore.

Literatura noruega

Edvard Grieg / Henrik Ibsen

Lo que antes había sido rudo y «poco fino» pasó a ser lo «auténtico» y lo «bello», lo nacional. Justo en el auge del Romanticismo Nacional se publican las primeras obras del autor noruego más universal, Henrik Ibsen (1828-1906), que de hecho es el dramaturgo más representado en los escenarios del mundo después de Shakespeare. Ibsen escribió una larga serie de obras dramáticas, primero acorde con la época del romanticismo nacional, luego de carácter realista, como por ejemplo Casa de muñecas (1879), que aún hoy, ciento cuarenta años después de su estreno, sigue apareciendo constantemente en la programación de los teatros de todo el mundo. Sus últimas obras se alejan del realismo para acercarse más al simbolismo, como la última de todas, Cuando despertemos los muertos, que escribió en 1899.

El otro gran autor de la época era Bjørnstjerne Bjørnson (1828-1908), poeta, dramaturgo y novelista, y el primer Premio Nobel de Literatura noruego (1903), un personaje mucho más extrovertido y adorado que Ibsen, pero cuya obra tal vez haya envejecido algo peor. Hacia finales del siglo aparece esa radicalización del realismo que vino a llamarse naturalismo, cuya mejor representante tal vez sea Amalie Skram (1846-1905), con sus durísimas novelas sobre la vida tanto en el campo como en las nacientes ciudades. En 1890 aparece la primera novela de Knut Hamsun (1859-1952), que junto con Ibsen, sería el autor noruego más conocido de todos los tiempos. En esta novela, Hambre, exigió que la literatura se adentrara en lo que él llamaba «la vida espiritual del inconsciente», y que se alejara del realismo y del naturalismo. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1920. Murió en 1952, despojado de todos sus honores, porque se declaró simpatizante de Hitler y la ocupación nazi de Noruega entre 1940 y 1945. Los noruegos no han dejado nunca de amarlo como escritor, pero sus simpatías con el nazismo ni se han olvidado ni se han perdonado.

 

«El movimiento Romanticismo Nacional tuvo gran importancia en Noruega. A partir de mediados del Siglo XIX, floreció tanto en la pintura como en la literatura y la música, movido por un ardiente deseo de destacar la belleza de lo noruego, de sus gentes, sus cuentos, su naturaleza y su folclore»

 

El tercer y último Premio Nobel de Literatura concedido a un noruego fue otorgado a Sigrid Undset (1882-1949) en 1928. Sus primeras novelas trataban temas contemporáneos, sobre todo relacionados con la mujer, pero entre 1920 y 1923 publicó la trilogía Cristina, hija de Lavrans, que ofrecía formidables descripciones de la vida en los países del norte de Europa en la Edad Media. El nuevo siglo trajo muchos nuevos autores, con una creciente presencia de las mujeres, y la novela se volvió más «urbana» y «moderna» de lo que había sido en un país tan marcadamente campesino como Noruega hasta entonces. Surgió la llamada «literatura obrera», tanto en la novela como en la poesía, fuertemente marcada por los sucesos políticos en el mundo desde la Primera Guerra Mundial.

 

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

A principios de la Segunda Guerra Mundial, Noruega fue invadida por las tropas alemanas, que se quedaron en el país hasta el fin de la guerra, en 1945. Durante toda la ocupación hubo una enorme resistencia contra las fuerzas de ocupación, que se tradujo en numerosos actos heroicos. Durante los cinco años de la ocupación nazi se publicaron pocos libros, de hecho tanto los libros como los periódicos estaban sometidos a una férrea censura, pero con la llegada de la paz floreció también la escritura. Casi se podría decir que durante los veinte años siguientes, hasta 1965, los grandes temas literarios fueron la guerra y la ocupación nazi. De estos años quedan novelas y poemas memorables. También fue un tiempo de reconstrucción nacional; la postguerra fue la época de los sueños de futuro. Noruega iba a ser un estado del bienestar en el que no habría marginados ni nadie padecería necesidades. Aunque no todos compartían ese optimismo, el novelista Tarjej Vesaas (1897-1970), por ejemplo, como muchos otros autores de la posguerra, mostraba interés por los que quedaban al margen del sueño común.

Literatura noruega

Bjørnstjerne Bjørnson / Amalie Skram / Knut Hamsun / Sigrid Undset

En 1965 se vio un cambio. Los que empezaron a escribir en esos años no habían vivido la guerra y surgió un grupo de jóvenes escritores que se agruparon en torno a la revista Profil, influidos por el modernismo, que quisieron romper con las tradiciones y utilizar palabras y objetos cotidianos. En esta época se aprecia también la influencia del movimiento del 68, la rebelión juvenil en el mundo occidental. Los autores más representativos de aquellos años son Dag Solstad (1942) y Edvard Hoem (1949). Ambos han seguido escribiendo hasta ahora y los dos destacan también en el llamado «realismo social», que domina el panorama literario noruego a partir de 1970. Los radicalizados escritores de ese grupo se ocupan de asuntos colectivos, de las relaciones sociales entre las personas, a menudo del mundo de los obreros y sienten una gran admiración por la revolución china. Durante la década de los 70 hace también irrupción la llamada «literatura de mujeres», escrita por mujeres que trataban temas específicos de la mujer y describían la vida cotidiana de ésta. Algunas de las autoras más reconocidas son Bjørg Vik (1935), Toril Brekke (1949) y Liv Køltzov (1944). Aunque lo que predominaba era el realismo social, durante esta década surgieron también escritores de otras características como Kjartan Fløgstad (1944), cuyos protagonistas a menudo son también obreros o marineros, pero que está muy inspirado por el realismo mágico latinoamericano.

La década de los 80, denominada a veces «la década de la imaginación», abandona en gran parte la tendencia del realismo social y adopta un enfoque más intimista, más individualista, pero también caracterizado por las buenas historias. Aparecen autores como Jan Kjærstad (1953), Roy Jacobsen (1954), Herbjørg Wassmo (1942), Ragnar Hovland (1952), Lars Saabye Christensen (1953), Ingvar Ambjørnsen (1956) y Vigdis Hjorth (1959), traducidos a muchos idiomas y ganadores de numerosos premios, nacionales e internacionales. Knut Faldbakken (1941) escribe sobre la nueva situación del hombre después de la lucha de la mujer en los setenta. En esta década debuta también el dramaturgo y novelista Jon Fosse (1959), uno de los escritores noruegos más reconocidos a día de hoy, que llama la atención tanto en Noruega como en el extranjero por sus textos desnudos y experimentales. En esta época aparece también el jovencísimo Erik Fosnes Hansen (1965), que con su segundo libro, Himno al final del viaje (1990) es traducido a innumerables lenguas. Otro caso parecido es Nikolaj Frobenius (1965) con su Lista de Latour.

 

«A mediados de los años 60 se vio un cambio. Los que empezaron a escribir en esos años no habían vivido la guerra y surgió un grupo de jóvenes escritores que se agruparon en torno a la revista Profil, influidos por el modernismo, que quisieron romper con las tradiciones y utilizar palabras y objetos cotidianos»

 

A partir de 1990 y con la llegada del nuevo milenio, revive el cuento corto, cuyo maestro en Noruega es Kjell Askildsen (1929), y surge una fuerte literatura de suspense que se convierte en un género literario tan respetado como los demás, y que ofrece autores tan leídos y traducidos como Jon Nesbø (1960), Gunnar Staalesen (1947), Unni Lindell (1957), Anne Holt (1958), Karin Fossum (1954), Tom Egeland (1959) o Jørn Lier Horst (1970), por mencionar algunos. En 1991 ocurre algo insólito en la literatura noruega: un joven profesor de filosofía, Jostein Gaarder (1952) publica una novela juvenil sobre la historia de la filosofía y el libro se convierte en un superventas internacional, se traduce a unas sesenta lenguas y se venden (hasta la fecha) unos cincuenta millones de ejemplares (de los cuales un millón doscientos mil son en español). Con este libro, las puertas del mundo se abren a la literatura noruega y hay un aumento vertiginoso del número de traducciones a otros idiomas.

 

EL SIGLO XXI

Acercándonos ya al nuevo milenio la literatura se diversifica, se hace más cercana y más intimista. Por un lado, más internacionalizada; por otro, aparece lo que llamamos la autoficción, y Karl Ove Knausgård (1968) se convierte en un fenómeno. Los seis tomos de su obra Mi lucha se están dando a conocer en el mundo entero. Gran parte de la literatura actual trata de sucesos reales y adopta nuevos modelos. Surgen muchos nuevos autores, entre ellos Per Petterson (1952), que tuvo gran repercusión internacional con su novela Salir a robar caballos. También destacan Erlend Loe (1969), Linn Ullmann (1969), Hanne Ørstavik (1969), Maja Lunde (1975), muy comprometida con el mediaoabiente, Trude Marstein (1973), Lars Mytting (1968), cuya obra El libro de la madera tuvo un inesperado éxito internacional, Carl Frode Tiller (1970), Simon Stranger (1976), Morten A. Strøksnes (1965) y Agnes Ravatn (1983).

Literatura noruega

Tarjej Vesaas / Dag Solstad / Edvard Hoem / Kjartan Fløgstad / Kjartan Fløgstad

Desde la década de  los 70, la llegada de inmigrantes y refugiados procedentes de otras naciones ha cambiado y enriquecido la cultura del país. También en la literatura se han elevado poderosas voces entre la población de origen extranjero. No todos ellos tematizan sus orígenes; no lo hace Ida Hegazi Høyer (1981), por ejemplo, y sólo parcialmente lo hace Pedro Carmona Alvarez (1972). Otros, sin embargo, tratan explícitamente el mundo de los inmigrantes en Noruega, como por ejemplo Zeshan Shakar (1982) en su premiado libro Tante Ulrikkes vei («La calle de la tía Ulrikke», 2017). Shakar dice en una entrevista: «Soy completamente noruego a la vez que no soy completamente noruego». Una buena definición de los sentimientos de muchos inmigrantes.

No se puede hablar de la literatura noruega sin hablar de la literatura infantil. La sueca Astrid Lindgren  enseñó que los niños son seres con personalidad y derechos propios, no pequeños adultos que «deberían portarse bien». En Noruega la radio nacional (la única entonces) contribuyó notablemente al desarrollo de la literatura infantil, sobre todo entre 1950 y 1970 con el programa Hora para los más pequeños, que se emitía cada mañana a la misma hora. A través de esos programas se dieron a conocer muchos de los que serían los mayores autores de literatura infantil de la segunda mitad del Siglo XX, sobre todo Thorbjørn Egner (1912-1990) y Anne-Cath Vestly (1920-2008), ¡que indignó a algunos cuando en uno de sus libros contó que los bebés salían de la tripa de su mamá! Otro escritor muy querido fue Alf Prøysen (1914-1970), que también escribía para adultos. Los personajes de estos libros eran generalmente «buena gente», pero no siempre muy corrientes.

 

«A partir de 1990 y con la llegada del nuevo milenio, revive el cuento corto, cuyo maestro en Noruega es Kjell Askildsen, y surge una fuerte literatura de suspense que se convierte en un género literario tan respetado como los demás»

 

Con los cambios que poco a poco tuvieron lugar en la estructura familiar, los libros no tratan necesariamente de familias con una mamá, un papá y dos hermanos, y el papá no suele estar sentado en el salón leyendo el periódico y la mamá tampoco está en la cocina haciendo la comida. Estos autores pioneros, sentaron las bases de lo que hoy es una floreciente literatura infantil, que cuenta con muchos y buenos creadores. Una parte considerable de ellos escribe también literatura para adultos (por ejemplo Ingvar Ambjørnsen, Erlend Loe, Jo Nesbø, Maja Lunde, Kjersti Annesdotter Skomsvold), un indicio de que es una rama de la literatura que se toma muy serio en Noruega.

Por encima de todos estos autores, quizá destaque Maria Parr (1981), que con solo tres títulos publicados Corazón de gofre, Tania Valdelumbre y La portera y el mar, se ha ganado un lugar muy especial en muchos corazones, no solo en Noruega, sino en un sorprendente número de países. Por último, se debe mencionar la creciente labor de una nueva generación de ilustradores, ilustradores/autores y autores a secas que están renovando el sector del álbum ilustrado. Quizá el primero de ellos fue Stian Hole (1969), con su serie sobre Garmann, pero lo han seguido otros muchos como Øyvind Torseter (1972), Lisa Aisato (1981), Åshild Kanstad Johnsen (1978) y Elisabeth Helland Larsen (1973).

La literatura de los samis –que viven en el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península Kola al noroeste de Rusia– tiene una larga y rica tradición oral, pero una tradición escrita muy corta. Apenas se encuentran textos escritos hasta principios del Siglo XX. El género lírico característico de la cultura sami es el joik, que se canta en situaciones concretas, tales como bodas o entierros. A partir de los años 70 empieza a emerger una literatura sami escrita, sobre todo poesía, y en 1991 Nils Aslak Valkeapää (1943) recibió el Premio de Literatura del Consejo Nórdico, el más importante de los países nórdicos.

Literatura noruega

Kjell Askildsen / Jon Nesbø / Karl Ove Knausgård / Maja Lunde

Se suele decir que los noruegos son grandes amantes de la literatura, de hecho, son los que más leen en el mundo después de los islandeses. Quizás esa afición por la lectura tenga que ver con el clima, porque ¿dónde va a ir un noruego en el mes de enero, a quince grados bajo cero, cuando puede coger un buen libro y sentarse a leer junto a la chimenea? Pero no cabe duda de que primero la televisión y en la actualidad sobre todo los medios sociales se han convertido en serios rivales del libro, como ocurre en la mayor parte del mundo llamado postmoderno. Sin embargo, la riqueza, variedad y cantidad de producción literaria de calidad de un país con apenas cinco millones de personas sigue resultando sorprendente.

A este respecto es necesario destacar el papel que juega el desarrollado sistema de ayudas oficiales que desde hace ya muchas décadas disfruta la literatura noruega. Además del desarrollado sistema de becas que permite a mucha gente vivir de ser escritor. Una de las herramientas más útiles ha sido el llamado «acuerdo de adquisición»: el Estado adquiere un número considerable de ejemplares de una buena parte de los libros que se publican en Noruega, a condición de que sean aprobados por una comisión de control de calidad literaria. Estos ejemplares se distribuyen después entre los colegios y bibliotecas públicas –presentes en cada rincón del país– y constituyen una garantía de venta para las editoriales, que les permite apostar tanto por obras menos comerciales como por jóvenes talentos. Los escritores llevan además a cabo una extensa actividad como conferenciantes en los colegios (casi todos son públicos), que les proporcionan unas ganancias añadidas y les posibilitan vivir de su escritura. Y finalmente habrá que mencionar a NORLA, el organismo oficial que se ocupa de dar a conocer la literatura noruega en el extranjero mediante subvenciones a la traducción y otras ayudas.

Conclusión: constatamos que la literatura noruega goza de buena salud.

 


Kirsti Baggethun es Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Oslo. Maitre por la Sorbona. Profesora de Lengua y literatura noruegas en la Universidad Complutense de Madrid (jubilada, actualmente colaboradora honorífica). Agregada cultural de la Embajada de Noruega en Madrid durante treinta años, ahora jubilada. Traductora literaria de más de setenta libros, la mayoría del noruego al español en colaboración con Asunción Lorenzo.


Este texto es parte del informe ¿Qué pasa en Noruega?


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